No me voy a meter en política, es un tema que me resulta estéril desde hace tiempo y, además, la inutilidad manifiesta de sus ejecutantes suele amargarme el día. Sin embargo, la obsesión de los políticos por censurar todo aquello que se escapa a sus estrechas miras tienen habitualmente consecuencias comunicativas y ahí sí que entro. No espero que entiendan conceptos como planificación estratégica, reputación proactiva o gestión de crisis pero, desde luego, alguien en los círculos más íntimos de nuestros chusqueros políticos debería hablarles del Efecto Streisand y de cómo un hecho menor puede devenir en crisis mayúscula a causa de su afán censor. Ese ha sido, precisamente, el caso de la exposición fotográfica que la Diputación de Valencia censuró la semana pasada. En este caso la metida de pata ha correspondido al PP pero la actitud que hay detrás es extensiva al resto de partidos: la información es poder y el que tiene el poder se cree con derecho a controlarla, sin llegar a calcular las consecuencias que puede desatar ese control…